LA REVOLUCIÓN DIGITAL
Hoy es posible decir que la educación se encuentra en el umbral de una nueva revolución de base tecnológica que opera simultáneamente desde dentro y desde fuera del sistema educacional.
Desde fuera en la medida que las NTIC—la digitalización de procesos vitales de la sociedad—están sirviendo de base para el surgimiento de un entorno completamente nuevo y diferente dentro del cual en adelante tendrán que desenvolverse los procesos de enseñaza y aprendizaje; entorno caracterizado por un capitalismo global basado en el conocimiento y por la transformación de las sociedades en sistemas vitalmente dependientes de flujos de información (la sociedad de la información).
Desde dentro, en la medida que las NTIC, a diferencia de las tecnologías del Estado (políticas públicas) o aquéllas que dieron origen a la Revolución Industrial, son internalizadas por la empresa educacional y tienen el potencial de transformarla en su núcleo más íntimo. Esto es, en el nivel los propios procesos de enseñanza y aprendizaje, independientemente de que tengan lugar dentro o fuera de la escuela. Estamos pues al comienzo de un nuevo ciclo de cambios educacionales
tecnológicamente motivados, cuyo final apenas podemos prever.
¿Cuáles son entonces las fuerzas que impulsan el cambio en este nuevo ciclo?
Básicamente se trata de dos grandes fuerzas estrechamente imbricadas entre sí: la
globalización, por un lado, y la revolución de las NTIC, por el otro. Entre ambas impulsan el surgimiento de lo que se ha dado en llamar sociedad o era de la información, que otros autores suelen llamar también sociedad del conocimiento, o sociedad del aprendizaje o, simplemente, Galaxia Internet.
Globalización
Efectivamente, al comienzo del siglo 21 el mundo experimenta una revolución semejante o mayor a la industrial. Está dando paso a un nuevo tipo de organización social—del trabajo, los intercambios, la experiencia y las formas de vida y poder—que se sustenta sobre la utilización cada vez más intensa del conocimiento y las tecnologías.
La globalización comprende no sólo el movimiento transnacional de bienes y servicios sino que, además, de personas, inversiones, ideas, valores y tecnologías más allá
de las fronteras de los países. Significa una reorganización del espacio económico mundial, una reestructuración de los mercados laborales y un progresivo debilitamiento
de los Estados nacionales. Desde ya representa un inaudito aceleramiento de la circulación del dinero alrededor del mundo. En la actualidad las transacciones de divisas
superan un billón de dólares (millón de millones) diarios, lo que en su momento llevó al
Presidente del Gobierno de España a decir: “si la cola de ese potente huracán que circula cada día, veinticuatro horas del día, por los mercados de cambio, pasara un día por mi país, sólo rozarlo significaría la liquidación de nuestras reservas de divisas en media hora de entretenimiento”.
Se crea asimismo todo un nuevo entramado de relaciones políticas, sin que esto signifique el fin de las querellas locales. Más bien, ahora que terminó la guerra fría se vaticina que las fallas que separan a las civilizaciones—sus diferentes concepciones “sobre las relaciones entre dios y el hombre, el individuo y el grupo, el ciudadano y el estado, los padres y los hijos, el esposo y la esposa, la libertad y la autoridad, los derechos y las responsabilidades, la igualdad y la jerarquía”
—serán la principal fuente de conflictos. El 11 de septiembre, con la explosión terrorista de las Torres Gemelas en Nueva York, tiene algo que ver con esta nueva realidad mundial.
La globalización supone adicionalmente una mayor compenetración entre diversas culturas, la difusión internacional de los estándares de consumo propios de las sociedades industriales y la aparición de un mercado global de mensajes audiovisuales. El impacto de dichos procesos amenaza con poner fin al ordenamiento tradicional de la esfera simbólica. Así, por ejemplo, hay quienes opinan que la televisión ha terminado por sustituir a la familia, la escuela y la iglesia como agencias formadoras
y quienes temen a una progresiva “norte americanización” del mundo que podría liquidar las identidades nacionales.
En la feliz expresión mexicana: “nomás eso nos faltaba: un McDonald’s en lo alto de la pirámide”. Incluso, hay quienes sostienen que la globalización estaría teniendo efectos sobre la educación desde ya, aunque no haya producido hasta aquí consecuencias sobre el currículum o dentro de la sala de clases.
Quienes así argumentan sostienen que la globalización, al obligar a los países en desarrollo a abrir y ajustar sus economías, los forzaría también a reducir el gasto público y a buscar fuentes alternativas (privadas) de financiamiento para expandir sus sistemas formativos. Segundo, para atraer inversión extranjera, los países tendrían a su turno que mejorar su capital humano, ampliando para ello la educación secundaria y superior, lo cual crearía aún mayores diferencias salariales dentro de la población según sus niveles de escolarización. Tercero, la globalización llevaría a un uso cada vez más extendido de pruebas y medidas de comparación internacional estimulando a los países a adoptar políticas de logro nacional y eficiencia en detrimento de objetivos de equidad y cohesión sociales. Cuarto, las redes globales de comunicación e información darían lugar a reacciones locales de resistencia contra el mercado integrado de mensajes y conocimiento, generándose con ello conflictos adicionales en torno al sentido y valor de la globalización.
No puede atribuirse a esta última, sin embargo, el conjunto de efectos correspondientes a diferentes, variados y complejos procesos de reestructuración económica, cambio tecnológico y transformación social y cultural.
Además, los datos disponibles no necesariamente son compatibles con la argumentación de quienes atribuyen a la globalización una suma de diferentes consecuencias negativas para la educación. Por ejemplo, el gasto público en este sector, expresado como porcentaje del producto, ha aumentado en la mayoría de las regiones del mundo en desarrollo durante el período 1980-1995, en vez de haber disminuido como se sostiene.
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