lunes, 3 de septiembre de 2012



LA EDUCACIÓN AL ENCUENTRO DE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS



La educación vive un tiempo revolucionario, cargado por lo mismo de esperanzas 
e incertidumbres.

Donde con mayor claridad esto se manifiesta es en el acercamiento de  la educación a las nuevas tecnologías de información y comunicación (NTIC). Hoy existe un verdadero bullir de conceptos e iniciativas, de políticas y prácticas, de asociaciones y  organismos, de artículos y libros, en torno a ese contacto.

  Las esperanzas se mezclan  con las frustraciones, las utopías con las realidades.  Los gobiernos miden  su grado de sintoniza con la sociedad de la información en base al número de escuelas conectadas y a la proporción de computadores por alumnos. Los expertos evalúan y critican; los profesores se adaptan gradualmente a exigencias hasta ayer desconocidas, y los empresarios venden marcas, experiencias e ilusiones en un mercado cada vez más amplio y dinámico.  

Al amparo del encuentro entre educación y nuevas tecnologías surge y se desarrolla una poderosa industria; la industria educacional. Se trata, en efecto,  de la convergencia entre dos sectores que combinadamente gastan alrededor del diez por ciento del producto interno de los países, generando de paso, en su entorno, una serie de transformaciones y el aura de una modernidad global cuyas promesas aun no se han materializado. 

De este modo, el hecho tecnológico—que según algunos pensadores es el rasgo constitutivo de nuestro tiempo  —vuelve a ingresar al círculo de preocupaciones de la educación y los educadores. Resulta curioso, en realidad, que durante tanto tiempo la educación—y el discurso educativo—hayan podido desarrollarse casi con entera independencia del hecho tecnológico; incluso, de la tecnología entendida como instrumento. 
Curioso, pues a lo largo de la historia las grandes transformaciones de la empresa 
educacional se han producido en el contacto con—y mediante la incorporación de— nuevas tecnologías, sea que éstas surjan del propio ámbito de la empresa educacional o  del entorno dentro de las que se desenvuelven las tareas formativas de la sociedad. Sea  como factor externo, entonces, o como condición interna de posibilidad, la educación ha estado siempre estrechamente imbricada con la tecnología. Luego, igual como se habla de las bases tecnológicas de un modo de producción, por ejemplo del modo de producción industrial, es posible, asimismo, hablar de las bases tecnológicas de la producción educacional. A fin de cuentas, la educación como empresa social es ella también una producción; la producción de un tipo humano determinado culturalmente o, si se quiere, la producción de unos conocimientos, unas competencias y unas disciplinas que necesitan ser comunicadas e inculcadas. Desde el punto de vista de la sociedad, se trata de la producción y reproducción del capital cultural distribuido entre individuos, familias, grupos y clases. Más precisamente, de la producción de esas dos clases de capital cultural a las que se refiere Bourdieu; cuales son, el capital cultural incorporado, internalizado o tácito (habitus), que es precisamente el que viene con un prolongado de tiempo de aprendizaje y con la educación formal (aunque no es su única fuente); y el capital cultural en su estado institucionalizado u objetivado bajo la forma de certificados educacionales (certificados de competencia cultural).

Es sorprendente por tanto que los sistemas educacionales no sean abordados habitualmente como sistemas de producción y, en consecuencia, como sistemas tecnológicamente fundados. De alguna extraña forma, los discursos sobre la educación, 
con raras excepciones, se han formulado prescindiendo de las bases tecnológicas de la 
comunicación que está en la base de aquélla. En el mejor de los casos, lo tecnológico aparece como un elemento ajeno a la educación; en el mejor de los casos, como un factor externo que debe ser “traído” a la escuela y que, en esas circunstancias, es pensado de modo puramente instrumental; como una caja de herramientas que se toma prestada para ponerla al servicio de una misión humana trascendental. 
Por el contrario, la comunicación y los sistemas de comunicación son siempre pensados y estudiados como sistemas tecnológicamente implantados  , sea que se trate de la comunicación oral, de la creación del alfabeto y la escritura (que han sido llamados, indistintamente el uno y la otra, las primeras tecnologías de información), de la aparición  de la imprenta o, contemporáneamente,  de la comunicación electrónicamente mediada, hasta alcanzar la forma de la sociedad de la información basada en las tecnologías de red y, en particular, Internet. No es fácil explicar esta disyunción entre las maneras de tratar y  entender académicamente la educación y las comunicaciones, pero sin duda entre las disciplinas que estudian ambos fenómenos terminó por erigirse una verdadera muralla china.  


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